En agosto de 1789, durante la Revolución Francesa, la Asamblea Nacional tenía que votar sobre cuánto poder debía conservar el rey. Los que apoyaban la autoridad real y la tradición se sentaron a la derecha del presidente; los revolucionarios que buscaban un cambio profundo se sentaron a la izquierda. Eso fue todo. Una simple decisión logística en una sala de París hace más de dos siglos se convirtió en la camisa de fuerza de nuestro pensamiento.
Hoy, intentamos debatir sobre inteligencia artificial, crisis climática, bioética, salud mental y economías globales descentralizadas usando exactamente el mismo vocabulario que se usaba cuando el mundo andaba en carretas. Es un absurdo histórico y político.
Nuestro cerebro ama estas dos etiquetas porque le ahorran el trabajo de pensar. Clasificar al otro como "de izquierda" o "de derecha" nos permite meterlo en una caja, ignorar sus argumentos y pelear contra un estereotipo prefabricado. La política moderna no es una línea recta con dos extremos, es un ecosistema tridimensional lleno de matices, donde es perfectamente posible defender la innovación económica y, al mismo tiempo, exigir justicia social.
Abandonar la tiranía de la izquierda y la derecha no significa no tener convicciones. Significa tener la rebeldía y la valentía de analizar los problemas uno por uno, sin la obligación ciegamente tribal de comprar el "menú completo" de un bando.