Cuando le pones una etiqueta a alguien, dejas de debatir con una persona y empiezas a pelear con un estereotipo.
Nuestro cerebro es, por naturaleza, perezoso. Para ahorrar energía frente al exceso de información, prefiere agrupar la complejidad del mundo en cajas simples. Es mucho más fácil pegarle a alguien la etiqueta de "liberal", "conservador", "tibio" o "radical", que hacer el esfuerzo de sentarse a escuchar y entender por qué piensa como piensa. Pero al hacerlo, el debate muere. A través del cristal de la etiqueta, el otro deja de ser humano y se convierte en una caricatura amenazante. Históricamente, nos hemos aferrado a palabras que ya están obsoletas. Conceptos como "izquierda" y "derecha" nacieron simplemente por cómo se sentaron unos políticos en Francia hace más de dos siglos. Hoy intentamos explicar la economía, la ética y la crisis global usando ese mismo vocabulario de 1789.
El mayor truco de la polarización actual es hacerte creer que la política es un menú cerrado. Te exige lealtad absoluta a un "bando" y te convence de que tener ideas de distintos rincones ideológicos es una traición.
Pero un ser humano es demasiado complejo para caber en una etiqueta de dos palabras. Quitarle la etiqueta al otro es el primer paso para volver a verlo en alta definición.